Cuando hoy en día pensamos en el Día Internacional de la Mujer, en nuestra cabeza aparecen una mezcla de todos los escaparates de nuestra ciudad engalanados de los carteles más ideales y coloridos que sugieren regalar y regalar “algo” a las mujeres en este día. Sugiere, por supuesto, lo que el caballero le debe otorgar en forma de regalo a su mujer y, para cargar el mensaje, de lo que la mujer se debe comprar porque así lo desea.

Si volvemos un poco atrás se puede apreciar el primer error del párrafo anterior. Hoy no es el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora y este último adjetivo viene cargado de sentido. Si contextualizamos un poco, podemos decir que el 8 de marzo de 1908 en Nueva York, unos mal nacidos se cobraron la vida de unas empleadas de una fábrica textil que pedían algo. Sus reivindicaciones eran simples y justas: conseguir una jornada laboral de 10 horas, salario igual que el de los hombres y una mejora de las condiciones higiénicas. 

Si somos sinceros y sinceras aceptaremos reconocer que vivimos en una sociedad que menosprecia el trabajo de la mujer, en la que un trabajo realizado por los dos sexos el femenino se ve mal parado por el hecho de serlo. Y este ejemplo lo hemos visto durante décadas desde que trabajamos en la rama de la tecnología e informática. Si echamos las vistas atrás vemos que el principal problema radica en la educación de los más pequeños: ellas, a formarse en algo relacionado con la ternura y el cariño, los cuidados y la entrega, y ellos, a los problemas, a lo técnico y a lo mecánico. Si miramos atrás y rememoramos la época en la que la mujer sale de la casa para ir a la Universidad, vemos que sus objetivos ya están cazados: han sido convencidas de que las ingenierías son cosas de hombres, y que mejor ser enfermeras. Esta frase última está llena de estadísticas, ya que si vemos las listas de las universidades de los años 70 se puede apreciar un vertiginoso baile de cifras que crean una brecha de género ante estas carreras. Afortunadamente esto está cambiando y, aunque la diferencia aún diste de la equidad en este aspecto, ya vamos como mujeres se van empoderando en este mundo y se hacen hueco.

SE BUSCA HACKER

¿Qué pasa cuando vemos un anuncio de una empresa buscando un personal cualificado en esta materia? A nuestra mente se traslada la imagen de un hombre pegado a su ordenador. Cuando escuchamos hablar de los informáticos fácilmente tendremos a pensar en hombres. Para establecer las diferencias ponemos los ejemplos contrarios: cuando leemos “se busca azafata” o “se busca secretaria” difícilmente concibamos la imagen de un hombre y, relacionándolo con el párrafo anterior podemos decir que estas profesiones corroboran el rol de la mujer en la atención al público.

¿Conocéis a Ada Lovelace?  Lovelace fue la primera programadora informática. Sin esta mujer, la informática y la tecnología no sería concebida como lo es ahora, no obstante, seguimos pensando que la tecnología y la informática es cosa de hombres. Con Ada Lovelace la mujer entró en la historia del mundo tecnológico abriéndose camino hasta nuestros días. Pero de los algoritmos de la máquina analítica de mediados del siglo XIX a internet de finales del XX ha habido un trecho. Sin embargo, cada aportación fue decisiva para llegar a la era 2.0.

Hoy, desde Enreda, queremos brindar por todas las mujeres trabajadoras. Desde la primera que se levantó para reivindicar una jornada laboral de 10 horas hasta la que hoy lucha por adentrarse en otras ramas sin prejuicios de género o por conseguir que sus años no necesiten tener 444 días para que puedan ganar lo mismo que los hombres.

Hacemos un llamamiento a las mujeres informáticas y tecnólogas, porque confiamos en las Ada Lovelace del siglo XXI y porque estamos muy seguros y seguras de que empezando por Sevilla, y desde Andalucía al mundo entero, las esquinas están llenas de ellas.

Mujeres; demos la cara. Hombres; ayudemos a nuestras compañeras a caminar en igualdad. El compromiso es mutuo.